La vida de fan me escogió a mí: tipología de los fandoms

Hace unas semanas llegué emocionalmente destruida a mi oficina; con ojos hinchados, ánimos por los pisos y mirada en el vacío. “¿Qué pasó?” me preguntó mi amiga, respondí que murió mi personaje favorito en una serie de televisión. Me grita burlonamente “Ay hija, conseguíte una vida… ¡No puede ser que te aflijas por un tipo que no existe!”. Entonces la reté a no ver más de un episodio sin convertirse en seguidora afín a mis “hombres rústicos imaginarios”, y acá estoy consolándola por la muerte de todos. Esto me llevó a pensar qué diferencia a mi amiga de mí, qué es lo que nos hace parecidas y cómo nos manejamos ante un mismo fenómeno: el fandom.

La palabra “Fandom”, viene del “fan” y el sufijo “dom” de kingdom (reino en inglés). Es una excesiva afición de respuesta pasiva al sistema “fenómeno estrella” hacia cualquier producto que el colectivo valora en interacción. Este reino de fanáticos jamás fue estudiado como un fenómeno social normal dadas sus características frenéticas, ya sean del individuo obsesionado o del colectivo histérico. Pero es importante diferenciar que existen tipos de fanáticos, desmarcando aquellos con patologías que no vienen al caso.

Hace unos años tuve la oportunidad de dar una conferencia sobre la “Tolkienmanía” y me basé en un estudio realizado por Ariel Pytrell. Esta diferenciación me lleva a pensar que podemos generalizar los tipos de fanáticos en fandonómanos, fandonófilos y fandonólogos. El primero de los grupos es atraído superficialmente hacia las obras y está compuesto por simpatizantes que ignoran la profundidad de las mismas, se acercan periféricamente cuando el fandom está de moda. Son fans intermitentes, que están con la corriente mientras esta les llama por actividades de interés colectivo. Son aquellos que emergen cuando sale la última película de su saga favorita, los que se unen al club de fans para asistir a una premiere, quienes no leen más allá de bestsellers y se disfrazan para asistir al Día del Orgullo Friki. Es hacia este grupo que se descarga la mayor parte de la artillería del merchandising.

Los fandonólogos, grupo menos numeroso, se compone de interesados en el aspecto trascendente de las obras. Es un grupo intelectual que se inscribe en filas de especialistas y fundamentalistas de su fandom. Son eruditos detallistas del mundo creado por su ídolo que pueden pronunciar adecuadamente la inscripción de anillo único, relatar frases en klingon fluido y conocen toda la obra de Joseph Campbell y su relación con Star Wars. Son sabelotodos que defienden su conocimiento a capa y espada. Los fandonófilos conforman un grupo intermedio que fluctúa según individuos que pasan a engrosar filas de los otros colectivos a la hora de satisfacer la voracidad de quienes patrullan nichos de mercado. Son los amantes de las obras que no se pierden episodios para compararlos con los libros, que cuentan los días para una nueva temporada en BBC, que cada que tienen un amigo que viaja al exterior se hacen traer parafernalia para colocarla en su repisa de trofeos.

Así es que cada quien vive su fanatismo, lo cual a mi amiga y a mí nos tiene en polos opuestos de disfrute. Yo vivo con la tortura de mi fandom desde el 2011 y ella no entiende mi envidia al verla comerse cinco temporadas seguidas en dos semanas, también se desgarra las ropas ante los acontecimientos, pero no le interesan mis teorías ni los apellidos de los protagonistas. Sea como fuere, compartir por afinidad, lealtad y selectividad ante un mismo fenómeno es exquisito y es por eso que corro a su departamento cuando me manda audios cantando rancheras porque se le acabaron episodios de Game of Thrones. Como dice Simon Pegg, se trata de ser honesto con lo que te gusta y no tener miedo de mostrar ese afecto.

Bibliografía:

LEWIS, Lisa. “The Adoring Audience: Fan Culture and Popular Media”. Taylor & Francis: Texas: 2002.

PYTRELL, Ariel. “El Profesor de los Anillos: Sobre Tolkien, la sub-creación y otras hierbas”. Mondragon: Buenos Aires, 2003.